sábado, 4 de diciembre de 2010

El profesor del deseo. Philip Roth


El profesor del deseo, junto con El pecho y Animal moribundo forman la Trilogía Kepesh de Philip Roth, uno de los escritores estadounidenses más distinguidos y respetados actualmente, varias veces nominado al Premio Nobel de Literatura.

¿No llega un momento en el que el camino de la vida en que acatamos el deber, damos la bienvenida al deber, como antes se la dábamos al placer, a la pasión, a la aventura; un momento en el que el deber es un placer, y el placer deja de ser un deber?

David Kepesh, el narrador y protagonista de El profesor del deseo, es un profesor de literatura, introspectivo, formal, solitario, inseguro y obsesionado por el sexo desde su juventud. La novela nos muestra sus experiencias desenfrenadas en Londres, su fracaso matrimonial y la soledad de Kepest que evidencian su incapacidad de entregarse sinceramente a alguién, de comprometerse y llegar a ser feliz algún día. Nada es duradero, porque el deseo se desvanece. Es además, amante de la literatura de Chéjov y Kafka, para quien los grandes escritores son los "arquitectos de mi mente". Su percepción del mundo está basada en múltiples referencias literarias. "Lo he aprendido todo a los pies de Tolstói".

Roth, en esta novela vuelve a retratar el alma humana describiendo las pasiones y los miedos que atormentan a sus personajes. Una vez más, la búsqueda de la felicidad, la insatisfacción, la incapacidad de ser feliz y la vejez aparecen en esta obra del escritor norteamenricano. La novela no deja un sabor amargo como Elegía porque el autor salpica la historia con momentos de humor y mucha ironía.


1 comentarios :

isabel 11 de diciembre de 2010, 17:01  

Ese escritor de talla olímpica que es el de Newart. Este libro todavía no lo he leído. Dosifico los que me quedan, cada vez menos. Y ya ando esperando el último Nemésis.
Isabelnotebook


Cubrí con flores
Aquella caligrafía
De trazos rectos.

Unas gotas de luna
Cayeron en mi mano,
Los vientos húmedos
Acercaron el perfil del silencio
Hasta mi rostro.
El espacio vacío
Se llenó con los sueños,
La ausencia
Vagó en la quietud
Del amanecer,
Y encontré indicios
En la voz del aire.

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