miércoles, 24 de agosto de 2011

JORGE LUIS BORGES

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986)


"Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe"






Emma Zunz


El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y
Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que
supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre;
luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar
la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de
veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de
pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Rio Grande, que no podía
saber que se dirigía a la hija del muerto. Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las
rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el
día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de
su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin.
Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de
algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal
vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel
Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una
chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de
Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto
de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero",
recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que
el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y
ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había
revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana
incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente.
Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un
sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana,
ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como
los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre,
contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres,
que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su
apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y
con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde.
Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría
diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De
vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se
obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular
alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de
algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el
Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a
Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la
huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor
convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma
trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del
domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que
había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le
depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se
levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills,
donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la
empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente.
Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien
la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia
y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue
al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada
por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al
principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la
rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno,
muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que
ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a
una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a
un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en
Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves
están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado
del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones
inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el
sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su
desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su
madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se
refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue
una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él
para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el
dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había
roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió,
apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de
su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se
levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último
crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que la advirtieran; en la esquina subió a un
Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que
no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo
acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos,
viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes.
Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los
pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro.
Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los
ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio,
nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada
muerte de su mujer —¡una Gauss, que le trajo una buena dote!—, pero el dinero era su
verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para
conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía
de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de
quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe
confidencial de la obrera Zunz. La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío.
La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se
atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el
señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior,
ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a
confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la
justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un
instrumento de la justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad
del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de
castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa
deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió
excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad,
pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el
temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo
de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del
cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se
desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se
rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y
en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el
patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los
labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que tenía
preparada ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó,
porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca ni alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván,
desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el
fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con
otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo
venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era
cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio.
Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias,
la hora y uno o dos nombres propios.

El Aleph (1949)


Cubrí con flores
Aquella caligrafía
De trazos rectos.

Unas gotas de luna
Cayeron en mi mano,
Los vientos húmedos
Acercaron el perfil del silencio
Hasta mi rostro.
El espacio vacío
Se llenó con los sueños,
La ausencia
Vagó en la quietud
Del amanecer,
Y encontré indicios
En la voz del aire.

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