miércoles, 4 de noviembre de 2009

Adiós a Francisco Ayala



"He escrito demasiado porque he vivido demasiado y además lo he hecho intensamente"

Ayer se apagó su mirada después de 103 años de ternura. Enseñó literatura porque quería mostrarnos su amor por los clásicos y su interés por las vanguardias. Creía en la literatura porque le sirvió para amar la vida. "No, no creo en la inmortalidad, ojalá. Creo en la literatura, que es lo mismo que la vida para mí. Viviré algo más en mis libros, durante algún tiempo, y ya está. Ésa es toda la inmortalidad a la que aspiro.”

Su larga vida y su gran dedicación a las letras le hicieron merecedor de grandes premios y distinciones. En 1983, a los 77 años, fue elegido miembro de la Real Academia Española. En 1988 obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas, en 1990 fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía, en 1991 fue galardonado con el Premio Cervantes, y en 1998 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Todos estos reconocimientos y algunos más se ha merecido este gran intelectual que ha hecho grande la cultura literaria.


El arte, como proceso espiritual, como actuación, consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada por la brújula del sentido estético, no de otro modo que la máquina del fotógrafo desprende una apariencia exactísima, y, sin embargo, independiente, de los objetos colocados en su campo. El toque del arte consiste en herir a la Naturaleza en su talón de Aquiles, en ese punto vulnerable, sensible, cuyo contacto -así también en la mujer; así en la caja de caudales- basta a lograr la apertura de su entraña estética.
(...)

Nos ha tocado a nosotros sondear el fondo de lo humano y contemplar los abismos de lo inhumano, desprendernos así de engaños, de falacias ideológicas, purgar el corazón, limpiar los ojos, y mirar al mundo, con una mirada que, si no expulsa y suprime todos los habituales prestigios del mal, los pone al descubierto y, de ese modo sutil, con sólo su simple verdad, los aniquila.



Cubrí con flores
Aquella caligrafía
De trazos rectos.

Unas gotas de luna
Cayeron en mi mano,
Los vientos húmedos
Acercaron el perfil del silencio
Hasta mi rostro.
El espacio vacío
Se llenó con los sueños,
La ausencia
Vagó en la quietud
Del amanecer,
Y encontré indicios
En la voz del aire.

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